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domingo, 23 de octubre de 2011

Profundidad Abisal




Leo el GPS de mi muñeca. Las coordenadas son correctas. 
Paro el motor de la Zodiac, tiro la boya al agua, compruebo la carga de las botellas con el manómetro, me ajusto el equipo y, de espaldas, me sumerjo.
Lentamente, voy respirando para acostumbrarme a la profundidad, tapándome la nariz a intervalos para regular la presión del oído interno.

Bancos de peces pasan rozándome, curiosos por el nuevo inquilino de su bello hogar.
Les imito y me deslizo como ellos, sólo moviendo las aletas, abajo, abajo, casi en vertical.
Desciendo hasta el fondo marino, que continúa hasta un cortado, 30 metros delante mía.

Miro el profundímetro, según voy acercándome a la sima. 
Me asomo al borde. 
Hasta aquí puedo llegar. Si continuara descendiendo, sería mortal de necesidad.

Sigo avanzando, atento a la aguja del profundímetro, y supero el borde, desplazándome en línea recta, sin descender ni un metro.

Miro hacia la profundidad abisal, hacia ese mundo sin explorar, que me llama y me atrae, pero al que no puedo bajar.

De pronto, algo sube hacia mí. Viene en línea recta. Se mueve como un pez, pero es demasiado grande. Consigo verlo mejor según se acerca. 

Le echo mano al cuchillo, me preocupa que sea un depredador y me haya confundido con una presa, pero quiero ver al menos de qué se trata.

La sirena sube y me abraza, me coge de la mano, y me hace un gesto para que la siga.
No sé porqué, me da confianza su tacto.
Oigo un dulce canto, que sale de ella, y la sigo, abajo, abajo.

Descendemos hacia el fondo, miro el profundímetro, pero ha dejado de funcionar. 
El aire de la botella no se agota, aunque hace más de una hora que debió haberse acabado. 
Ahora que me fijo... el reloj también se me ha parado.

Me conduce hacia una oquedad en una roca, donde está su hogar. 
Hoy tiene necesidad de conversar. 
Allí abajo el tiempo no existe.
Sólo existe la amistad.


- Dedicado a una sirena de la Maragatería.

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