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jueves, 9 de junio de 2011

Fresas tras el abeto - Capítulo I - Elder


Su caballo bufaba y avanzaba trabajosamente, azotado por la nieve que caía, densa, con un viento racheado que le hacía sacudir la cabeza de vez en cuando. El monje no sentía el frío, en parte porque estaba acostumbrado al clima de su Islandia natal, en parte porque llevaba suficientes capas de ropa de abrigo encima. Sus cabellos oscuros, lacios y largos, ondulaban al viento, debajo de su sombrero gris de ala ancha, el cual iba bien sujeto por la cinta bajo su mentón.

Cualquiera que lo viese pensaría que era un buhonero, por lo abultado de sus alforjas y por su aspecto de vendedor ambulante. Pero eran tiempos peligrosos, y era mejor parecer un comerciante que un monje de una religión que no era bien vista por los nativos del lugar donde se encontraba.

Tras superar una curva del camino, embarrado, entre marrón y blancuzco, creyó ver unas luces a su derecha, unos quinientos metros más adelante.

“¡Qué bien!” – pensó – “Esta noche tendré cena y cama caliente”. Sentía los músculos tensos y pesados bajo la ropa empapada de sudor. Sus pectorales, bíceps y tríceps empezaban a dolerle, y sentía una ligera picazón en los muslos y en los glúteos. Las manos ya casi no las sentía, no por el frío, sino por el cansancio: llevaba 16 horas a caballo, aunque había parado varias veces a descansar y a darle agua y comida a su caballo.

Al llegar bajo las luces, leyó el cartel de la posada: “La oveja degollada”. Curioso nombre para una posada como esa, perdida en mitad del camino hacia ninguna parte, y cercana a los fríos y solitarios páramos de Bodmin Moor. Pero a pesar suyo, tuvo que reconocer que parecía acogedora en mitad de la tormenta de nieve, se oían cánticos, charlas y juramentos que procedían del interior: las gentes del pueblo estaban esa noche reunidas, en una celebración, en una algarabía disonante y familiar al tiempo.

Tras bajar del caballo, lo acercó al establo anexo, donde dos muchachos con cara de estar muertos de frío y cansados le atendieron amablemente, y se pusieron a almohazar su caballo. Le indicaron que en la posada encontraría habitación y podría cenar y asearse, cosas ambas que estaba deseando hacer. Cuando les preguntó si conocían el círculo de piedras, del que había oído decir que estaba cerca, en los páramos, ambos se persignaron y asintieron, extrañados. Mas no supieron indicarle en qué dirección estaba (o no quisieron, no lo sabía).

Entró en la posada, entre miradas hoscas unas y divertidas otras, y cuando el dueño le preguntó su nombre, sólo respondió “Elder”, con su voz profunda y musical. Esa noche durmió de un tirón. Cuando llegó el alba, cogió su caballo y partió en busca del círculo de piedras que Gyenna le había descrito en sus visiones. Allí debería encontrarse con su hija y llevarla de vuelta a casa. Pero no tenía sentido todo aquello, se decía para sí mismo mientras su caballo resoplaba jirones blancos de niebla.

2 comentarios:

  1. Lo bueno de leer algo que te gusta es que, perdiendo la noción del espacio donde estás, te adentras en lo que lees y cuesta trabajo dejarlo, máxime si te obligan a ello...

    Continuará !

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  2. Caray, amiga, me vas a hacer que me ponga rojo... o que escriba una novela... gracias... ;)

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