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domingo, 20 de marzo de 2011

Tierra Nueva


Al fin hemos tocado tierra. Ya estoy fuerte y sano.
Tras nadar durante la noche del océano, desde una nave alguien me lanzó un cabo y logré subir a bordo. Dice que tenía fiebre, y que estuve delirando varias noches.
No lo recuerdo, ni tampoco lo que dije.
Tan sólo recuerdo una figura, de pelo enredado y obtuso, que venía a cambiarme
el paño húmedo y frío que cubría mi frente.
Recuerdo sus manos, castigadas por el trabajo de años entre cuerdas y madera.
Pero era el trabajo que más amaba, como tantos hombres de mar.
Sus ojos, profundos como el mar... su mirada sincera y amable... su cara... ojalá pudiera recordar su cara...

Estuve ocho días, escondido, recuperándome, cuidado por esas manos firmes y atentas... como un polizón, que teme que alguien lo descubra y lo arroje por la borda... y como un invitado en casa ajena, al que ofrecen todo lo que necesita, antes de que lo pida...

Ahora estoy de nuevo solo, en tierra firme. La nave partió, con rumbo nuevo e indómito.
Dicen que el muchacho desembarcó aquí, en una ciudad de la que no había oído hablar
hasta ahora. Y que al alba partió hacia Benarés, en busca de alguien, un maestro, creo.
Yo bajé por una de las maromas, de noche, para no ser descubierto.

Acabo de pasar un cartel, "Benarés - 530 Km". Aún me queda mucho camino.
Llevo varios días andando, pues no tengo otro medio para moverme.
Espero llegar a ver a ese maestro, de quien el muchacho me habló.

Me he envuelto una túnica, como hacen los habitantes de esta zona.
No quiero que vean mis tatuajes, pues de inmediato me delatarían como extranjero.

De los muchos que llevé, sólo conservo los de las muñecas, como dos anchas pulseras.
Y los tres círculos de mis rangos, que llevo en la nuca, tapados por la melena.
No volveré a tatuarme los hombros, ni la espalda, con símbolos que no dicen nada.
Duele demasiado el quitarlos, cuesta que la piel se regenere.

Mi barba y mi melena sin cortar no llaman la atención entre la gente, y mi tez morena,
curtida por el sol y el mar, me hace parecerme aún más a ellos.
Mi silencio, pues no entiendo el idioma, y mi delgadez por los días de fiebre en alta mar,
deben hacer que parezca uno más de los santones que llenan las orillas del mítico Ganges.

Con gestos, con la mirada, consigo comunicarme con la gente que encuentro en el camino,
y siempre solícitos y amables, me ofrecen parte de su comida y su agua. 
Parte de su vida, de su generosidad, de su amistad... a mí, a un perfecto desconocido,
a un pirata que en otro tiempo los habría hecho prisioneros y vendido como esclavos...

No sé si estoy en una Tierra Nueva, o si ahora veo a las gentes de un modo nuevo...
sin malicia... sin dobles intenciones por mi parte... sin envidia... sin odio...
Mi pasado ya no existe, dejó huellas en mi piel, pero las cadenas ya no están.
Sólo ando hacia Benarés, en busca de un maestro. Y recuerdo unos ojos...

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